Reacciones

francisco

Día a día se renuevan los hechos confusos del “Papa Francisco”, y día a día se repiten tres diversas reacciones:

  1. Hay quienes aplauden eufóricamente a Francisco, lo alaban y justifican en sus dichos y en sus hechos;
  2. Hay quienes critican eufóricamente a Francisco, lo denuestan y contradicen en sus dichos y en sus hechos;
  3. Hay quienes observan los dichos y los hechos, y privados de toda euforia, ni aplauden ni critican.

Son tres los grupos, y están claramente definidos. Teniendo amigos en cada uno de ellos, a cada uno les enviamos un mensaje plano y sincero, buscando el equilibrio necesario, aun con sus necesarios costes:

  1. Amigos: el ejercicio más elemental y natural del entendimiento humano es el silogismo. El raciocinio, que por ái le llaman. Es poner una premisa, luego otra, y entrambas obtener una conclusión. Es forzoso obligarnos a ello en este caso, y para hacerlo, forzoso es atenerse más a la situación objetiva, que al anhelo subjetivo. Yo bien me sé cuánto deseáis silenciar a los fastidiosos que disputan abiertamente contra vuestro Francisco, pero… ¿podéis, sólo como premisa, aceptar que quizás Francisco esté dando lugar a graves contradicciones entre su enseñanza teórica y su obrar práctico respecto a las enseñanzas y disciplinas de la Iglesia anteriores a su pontificado?
  2. Amigos: fastidiáis con vuestros posts a mis anteriores cofrades. Os pido ya mismo un ejercicio de sinceramiento: ¿de lo que decís, cuánto podéis fundamentar y cuán lejos estáis dispuestos a llegar para obrar en consecuencia? Porque no hay tibios en el Reino de los Cielos, bien lo sabéis.
  3. Amigos míos: despertad. Las más graves cuestiones de la vida terrena se están resolviendo ante vuestras narices. Quitaos ese pañuelo, que velo es ante vuestros ojos.

Claro que dentro de cada grupo, hay tantas distinciones como individuos le pertenecen. Tratamos de ser globales, por puro gusto a las modas.

 

Paradojas

Tenemos un poco abandonado nuestro blog; razones de tiempo nos obligan a ello, muy en contra de nuestra voluntad. Hemos dado a girar un folletín de dos páginas, que llamamos “Paradojas”.

Apenas un aliciente para mover las pensaderas. Apenas un aguijón para las mentes católicas adormiladas o tristemente conformadas.

Quien no lo haya recibido y quiera sumarse, favor envíe un mail a evangeliumblog@gmail.com

Esperamos vuestros comentarios, y agradecemos desde ya el apoyo recibido.

Saludos en Cristo Señor Nuestro.

Paradojas 1

Caridad

in-coena-domini

Amigos todos, quiero con estas líneas apelar a nuestra buena voluntad. Navegando por varias páginas católicas, me apena ver el grado de violencia con la que uno a otro nos tratamos. Abundan entre nosotros los comentarios irónicos, irrespetuosos, abiertamente insultantes. La sensación es que no nos toleramos entre católicos. No soportamos al otro, objeto primero de nuestro amor luego de Dios. No podemos frenar nuestro deseo de destruir la fama del otro antes de procurar defenderla; tergiversar o interpretar apresuradamente el argumento ajeno antes que dar el beneficio de la duda; fustigar con la palabra lo que no puede probarse en los hechos. Nos lanzamos ataques furiosos como si nosotros, los que luchamos en el mismo frente, fuésemos el enemigo. ¡No lo entiendo! ¿Quién nos motiva a hacerlo? ¿Cómo es que caemos en tan claras injusticias? ¿Por qué no deponemos todos esa actitud? Una mezcla de desordenado orgullo y, sinceramente lo pienso, tentación diabólica nos mueve individual y colectivamente en esa dirección. No hablo de la legítima discusión. Acalorada, incluso. Hablo de la falta de caridad.

No hablo de callar cuando se debe, sino de defender cuando se puede. No de salvar al malo, sino de no ofender al bueno. No de evitar la crítica, sino de no provocar el escándalo. No pido resignar la verdad, sino preferir la resignación al odio. No digo esconder males, digo descubrir bienes.

No veo otro motivo que el orgullo y la tentación. La soberbia que desde dentro nos inflama, y la tentación que hacia fuera nos derrama. Por vernos justos y provocados, no podemos privarnos de lanzar esa piedra proverbial. No importa sobre qué cabeza caiga. No importa el peso de su justicia. Sólo importa que sea lanzada, y sea mía.

Quia peccavi nimis cogitatione, verbo et opere…